quinta-feira, 18 de dezembro de 2008

PERFECCIÓN

El gran propósito del verdadero santuario, sacerdocio y ministerio, era que Dios morase en los corazones del pueblo. Ahora, ¿cuál es el gran propósito de morar en los corazones del pueblo? La respuesta es: la perfección; la perfección moral y espiritual del adorador.

Consideremos esto: En la conclusión del quinto capítulo de Hebreos, inmediatamente después de la declaración "y consumado, vino a ser causa de eterna salud a todos los que le obedecen; nombrado de Dios pontífice según el orden de Melchisedec", leemos: "Por tanto", es decir, como consecuencia de eso, por esa razón, "dejando la palabra del comienzo en la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección" (Heb. 6:1).

Además se pone de relieve que la perfección se alcanza solamente mediante el sacerdocio de Melchisedec. Y se afirma que eso fue siempre así, y que el sacerdocio levítico era temporal, y sólo un tipo del sacerdocio de Melchisedec. Leemos a continuación, a propósito del sacerdocio levítico: "Si pues la perfección era por el sacerdocio levítico... ¿qué necesidad había aún de que se levantase otro sacerdote según el orden de Melchisedec, y que no fuese llamado según el orden de Aarón?" (Heb. 7:11). Y en relación con eso mismo, "porque nada perfeccionó la ley; mas hízolo la introducción de mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios" (vers. 19).

A partir de esas declaraciones inspiradas, es incuestionable que la perfección del adorador es precisamente lo que ofrece y provee el sacerdocio y ministerio de Cristo.

No sólo eso. Además, tal como ya se ha citado a propósito de la descripción del santuario y su servicio, se nos indica que "era figura de aquel tiempo presente, en el cual se ofrecían presentes y sacrificios que no podían hacer perfecto, cuanto a la conciencia, al que servía con ellos". Su gran imposibilidad era ese no poder hacer perfecto al que servía. Por lo tanto, el gran tema y objetivo último del sacerdocio y ministerio de Cristo en el verdadero santuario es hacer perfecto a quien –por la fe- entra en el servicio.

El servicio terrenal no podía "hacer perfecto, cuanto a la conciencia, al que servía". "Mas estando ya presente Cristo, pontífice de los bienes que habían de venir, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es a saber, no de esta creación; y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, mas por su propia sangre, entró una sola vez en el santuario, habiendo obtenido eterna redención" (Heb. 9:11 y 12). Ese santuario, sacerdocio, sacrificio y ministerio de Cristo, hace perfecto en eterna redención a todo aquel que por la fe entra en su servicio, recibiendo así lo que ese servicio tiene por fin proveer.

"Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y la ceniza de la becerra, rociada a los inmundos, santifica para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de las obras muertas para que sirváis al Dios vivo?" La sangre de toros y machos cabríos y la ceniza de la becerra rociada a los inmundos, en el servicio levítico del santuario terrenal, santificaba para la purificación de la carne, según declara la Palabra. Y dado que eso es así, "¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios", santifica para purificación del espíritu y "limpiará vuestras conciencias de las obras de muerte para que sirváis al Dios vivo?"

¿Cuáles son las obras de muerte? La propia muerte es consecuencia del pecado. Por lo tanto, las obras de muerte son aquellas que llevan el pecado en sí mismas. Por lo tanto, limpiar las conciencias de las obras de muerte consiste en la total purificación del alma -purificación de pecado- por la sangre de Cristo, por el Espíritu eterno, para que en la vida y obras del creyente en Jesús no haya ningún lugar para el pecado; las obras serán solamente obras de fe, y la vida, una vida de fe. Será de ese modo como en pureza y en verdad "sirváis al Dios vivo".

La Escritura continúa así: "Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se allegan. De otra manera cesarían de ofrecerse; porque los que tributan este culto, limpios de una vez, no tendrían más conciencia de pecado. Empero en estos sacrificios cada año se hace conmemoración de los pecados. Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados" (Heb. 10:1-4).

Una vez más vemos que si bien el objetivo de todo el ministerio efectuado bajo la ley era la perfección, ésta no se lograba por la realización de aquel ministerio bajo la ley. Todo ello no era sino una figura de aquel tiempo presente, una figura del ministerio y sacerdocio por el cual se obtiene la perfección, que es el ministerio y sacerdocio de Cristo. Los sacrificios no podían convertir en perfectos a los que se allegaban. El verdadero sacrificio y el verdadero ministerio "del santuario y de aquel verdadero tabernáculo" hace perfectos a quienes se allegan a él: y esa perfección de los adoradores los lleva a no tener "más conciencia de pecado".

Pero dado que la sangre de machos cabríos y de becerros "no puede quitar los pecados", no era posible -aunque esos sacrificio se ofreciesen año tras año continuamente- purificar a los adoradores hasta el punto de que no tuviesen más conciencia de pecado. La sangre de los toros y de los machos cabríos, y la ceniza de la becerra rociada a los inmundos, santificaba para la purificación de la carne, pero solamente de la carne; e incluso eso no era más que "figura de aquel tiempo presente" de "la sangre de Cristo" que tanto más purificará a los adoradores, de forma que no tengan más conciencia de pecados.

"Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y presente no quisiste; mas me apropiaste cuerpo: Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: Heme aquí... para que haga, oh Dios, tu voluntad. Quita lo primero, para establecer lo postrero" (Heb. 10:5-9).
Se mencionan aquí dos cosas: lo "primero" y lo "postrero". ¿En qué consisten? ¿Qué es lo primero, y qué lo postrero? Las dos cosas que se citan son: (1) sacrificio, presente, holocaustos y expiaciones por el pecado; todo ello constituye "lo primero", y (2) "tu voluntad" (la voluntad de Dios), que es "lo postrero". "Quita lo primero, para establecer lo postrero"; es decir, quitó el sacrificio, presente, holocaustos y expiaciones por el pecado, a fin de establecer la voluntad de Dios. Y "la voluntad de Dios es vuestra santificación" y vuestra perfección (1 Tes. 4:3; Mat. 5:48; Efe. 4:8, 12 y 13; Heb. 13:20 y 21). Pero eso no se puede obtener mediante los sacrificios, presentes, holocaustos y expiaciones por el pecado ofrecidos bajo el sacerdocio levítico. Éstos no podían hacer perfecto, cuanto a la conciencia, al que servía con ellos. No podían purificar al adorador de tal manera que no tuviese más conciencia de pecado, por la razón de que la sangre de toros y machos cabríos no puede quitar el pecado.

Por lo tanto, puesto que la voluntad de Dios es la santificación y la perfección de los adoradores, puesto que la voluntad de Dios es que los adoradores sean de tal modo purificados que no tengan más conciencia de pecado, y dado que el servicio y ofrendas del santuario terrenal no podían lograrlo, él quitó todo eso, para establecer la voluntad de Dios. "En la cual voluntad somos santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una sola vez".

"La voluntad de Dios es vuestra santificación". Santificación es la verdadera observancia de todos los mandamientos de Dios. En otras palabras, el designio de Dios con respecto al hombre es que su divina voluntad halle en él perfecto cumplimiento. La voluntad de Dios está expresada en la ley de los diez mandamientos, que "es el todo del hombre". La ley es perfecta, y la perfección de carácter es la perfecta expresión de esa ley en la vida del que adora a Dios. Por esa ley es el conocimiento del pecado, y todos pecaron, estando destituidos de la gloria de Dios. Están destituidos de su perfección de carácter.

Los sacrificios y el servicio del santuario terrenal no podían quitar los pecados del hombre, por lo tanto, no podían llevarle a esa perfección. Pero el sacrificio y ministerio del verdadero Sumo Sacerdote del santuario y verdadero tabernáculo, sí lo hacen. Quitan completamente todo pecado. Y el adorador es de tal modo purificado que no tiene más conciencia de pecado. Mediante el sacrificio, la ofrenda y el servicio de sí mismo, Cristo abolió los sacrificios y las ofrendas y servicio que nunca podían quitar los pecados, y por su perfecto cumplimiento de la perfecta voluntad de Dios, estableció esta última. En esa "voluntad somos santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una sola vez" (Heb. 10:10).

En ese primer santuario y servicio terrenales, "todo sacerdote se presenta cada día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados". Pero en el servicio del santuario y verdadero tabernáculo, Cristo, "habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio para siempre, está sentado a la diestra de Dios, esperando lo que resta, hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados" (Heb. 10:11-14).

La perfección se logra a todo respecto mediante el sacrificio y sacerdocio de nuestro gran Sumo Sacerdote a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministrando en el santuario y verdadero tabernáculo que el Señor estableció, y no hombre. "Y atestíguanos lo mismo el Espíritu Santo; que después que dijo: Y este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Daré mis leyes en sus corazones, y en sus almas las escribiré; Añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados e iniquidades. Pues donde hay remisión de estos, no hay más ofrenda por pecado" (Heb. 10:15-18).

Y ese es el "camino nuevo y vivo" que "por su carne", Cristo nos consagró. Lo consagró para toda la raza humana. Y por él puede entrar toda alma hasta el santo de los santos -el más santo de todos los lugares, la más santa de todas las experiencias, la más santa de todas las relaciones, la vida más santa-. Ese camino nuevo y vivo él nos lo consagró por su carne. Es decir, viniendo en la carne, identificándose a sí mismo con el género humano en la carne, consagró para nosotros que estamos en la carne, un camino que va desde donde estamos nosotros hasta donde él está ahora, a la derecha del trono de la Majestad en los cielos, en el santo de los santos.

Viniendo en la carne -habiendo sido hecho en todas las cosas como nosotros, y habiendo sido tentado en todo punto como lo somos nosotros-, se identificó con toda alma humana, precisamente en la situación actual de ésta. Y desde el lugar en que esa alma se encuentra, consagró para ella un camino nuevo y vivo a través de las vicisitudes y experiencias de toda una vida, incluida la muerte y la tumba hasta el santo de los santos, para siempre a la diestra de Dios.
¡Oh, que camino consagrado, consagrado por sus tentaciones y sufrimientos, por sus ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas, por su vida santa y su muerte sacrificial, por su victoriosa resurrección y gloriosa ascensión, y por su triunfante entrada en el santo de los santos, a la derecha del trono de la Majestad en los cielos!

Y ese "camino" lo consagró para nosotros. Habiéndose hecho uno de nosotros, hizo de ese camino el nuestro; nos pertenece. Ha otorgado a toda alma el divino derecho a transitar por ese camino consagrado; y habiéndolo recorrido él mismo en la carne -en nuestra carne-, ha hecho posible, y nos ha dado la seguridad de que todo ser humano puede andar por él, en todo lo que ese camino significa; y por él acceder plena y libremente al santo de los santos.

Él, como uno de nosotros, en nuestra naturaleza humana, débil como nosotros, cargado con los pecados del mundo, en nuestra carne pecaminosa, en este mundo, durante toda una vida, fue "santo, inocente, limpio, apartado de los pecadores" y "hecho más sublime que los cielos". Y así constituyó y consagró un camino por el cual, en él, todo creyente puede, en este mundo y durante toda la vida, vivir una vida santa, inocente, limpia, apartada de los pecadores, y como consecuencia ser hecho con él más sublime que los cielos.

La perfección, la perfección del carácter, es la meta cristiana -perfección lograda en carne humana en este mundo. Cristo la logró en carne humana en este mundo, constituyendo y consagrando así un camino por el cual, en él, todo creyente pueda lograrla. Él, habiéndola obtenido, vino a ser nuestro Sumo Sacerdote en el sacerdocio del verdadero santuario, para que nosotros la podamos obtener.

El objetivo del cristiano es la perfección. El ministerio y sumo sacerdocio de Cristo en el verdadero santuario es el único camino por el que toda alma puede alcanzar ese verdadero propósito, en este mundo. "Tu camino, oh Dios, está en tu santuario" (Sal. 77:13, versión K.J.).
"Por tanto, hermanos, siendo que tenemos plena seguridad para entrar en el Santuario, por la sangre de Jesús, por el nuevo y vivo camino que él nos abrió, a través del velo, esto es, de su carne, y siendo que tenemos un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, con plena certeza de fe, purificado el corazón de mala conciencia, y lavado el cuerpo con agua limpia". Y "mantengamos firme la confesión de nuestra esperanza, sin fluctuar, que fiel es el que prometió" (Heb. 10:19-23).

"Porque no os habéis llegado al monte que se podía tocar, y al fuego encendido, y al turbión, y a la oscuridad, y a la tempestad, y al sonido de la trompeta, y a la voz de las palabras, la cual los que la oyeron rogaron que no se les hablase más... Mas os habéis llegado al monte de Sión, y a la ciudad del Dios vivo, Jerusalem la celestial, y a la compañía de muchos millares de ángeles, y a la congregación de los primogénitos que están alistados en los cielos, y a Dios el juez de todos, y a los espíritus de los justos hechos perfectos, y a Jesús el Mediador del nuevo testamento, y a la sangre del esparcimiento que habla mejor que la de Abel".

Por lo tanto "mirad que no desechéis al que habla. Porque si aquellos no escaparon que desecharon al que hablaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháramos al que habla de los cielos" (Heb. 12:18-25).

LA PREVARICACIÓN Y LA ABOMINACIÓN DESOLADORA

Tal es el sacrificio, sacerdocio y ministerio de Cristo en el santuario y verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre. Es la constatación del libro de Hebreos sobre la verdad, mérito y eficacia del sacrificio, sacerdocio, santuario y ministerio de Cristo.

Pero no es solamente en el libro de Hebreos donde encontramos esa gran verdad. Si bien en ningún otro lugar se la enuncia de forma tan directa, ni se expone de una forma tan plena como en el libro de Hebreos, podemos reconocerla a lo largo de todo el Nuevo Testamento tan ciertamente como el santuario y ministerio del sacerdocio levítico está presente en todo el Antiguo Testamento, aunque no esté enunciado de forma tan directa, ni se halle tan plenamente expuesto como en los libros de Éxodo y Levítico.

En el último libro del Nuevo Testamento, ya en su primer capítulo, hace aparición "uno semejante al Hijo del hombre" vestido de ropas sumo sacerdotales. Asimismo, en medio del trono y de los cuatro animales, y en medio de los ancianos, "estaba un Cordero como inmolado".
También fue visto un altar de oro, y uno con un incensario de oro al efecto de que las oraciones de los santos ascendieran ante Dios mezcladas con el humo del incienso ofrecido. Allí aparecen las siete lámparas de fuego ardiendo delante del trono. El templo de Dios fue abierto en el cielo, "y el arca de su testamento fue vista en su templo". Entonces se declara y promete que los que tienen parte en la primera resurrección, aquellos sobre quienes no tiene potestad la segunda muerte, "serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años" en ese sacerdocio. Y cuando hayan pasado el primer cielo y la primera tierra y su lugar no se halle más, cuando vengan el nuevo cielo y la nueva tierra, con la santa ciudad descendiendo de Dios desde el cielo, el tabernáculo de Dios con los hombres y él morando con ellos, siendo ellos su pueblo y él su Dios con ellos; cuando haya limpiado toda lágrima de sus ojos y no haya más muerte, llanto, clamor ni dolor porque las primeras cosas hayan pasado, es entonces -y no antes- cuando se dice de la ciudad de Dios: "Y no vi en ella templo".

Es tan cierto que hay un sacerdocio, ministerio sacerdotal, y un santuario en esta dispensación, como lo fue en la antigua: sí, incluso más cierto; ya que, aunque existía un santuario, sacerdocio y ministerio en la antigua dispensación, no eran más que una figura para aquel tiempo presente, una figura del que ahora es el verdadero, y que está en el cielo.

Ese verdadero sacerdocio, ministerio y santuario de Cristo en el cielo, aparecen tan claramente en el Nuevo Testamento, que nadie puede negarlos. Pero sorprendentemente, es algo en lo que rara vez se piensa; resulta casi desconocido, e incluso difícilmente aceptado por el mundo cristiano de nuestros días.

¿Por qué sucede eso y cómo se ha llegado ahí? Existe una causa. La Escritura la señala y los hechos la demuestran.

El capítulo 7 del libro de Daniel describe al profeta contemplando en visión a los cuatro vientos del cielo que combatían en la gran mar; "y cuatro grandes bestias, diferentes la una de la otra, subían de la mar. La primera era como león, y tenía alas de águila". Simbolizaba el imperio mundial de Babilonia. La segunda era como un oso que se inclinaba de un lado, teniendo tres costillas en su boca, y simbolizaba el imperio conjunto de Medo-Persia. La tercera era semejante a un tigre, que tenía cuatro cabezas y cuatro alas de ave, simbolizando el imperio mundial de Grecia bajo Alejandro Magno. La cuarta bestia era "espantosa y terrible, y en grande manera fuerte, la cual tenía unos dientes grandes de hierro: devoraba y desmenuzaba, y las sobras hollaba con sus pies: y era muy diferente de todas las bestias que habían sido antes de ella, y tenía diez cuernos". Esa cuarta bestia simbolizaba el imperio mundial de Roma, diferente de cuantos lo precedieron, pues originalmente no era una monarquía o reino, sino una república. Los diez cuernos simbolizan los diez reinos que se establecieron en la parte occidental del imperio de Roma, tras la desintegración del mismo.

El profeta dice entonces: "Estando yo contemplando los [diez] cuernos, he aquí que otro cuerno pequeño subía entre ellos, y delante de él fueron arrancados tres cuernos de los primeros; y he aquí en este cuerno había ojos como ojos de hombre, y una boca que hablaba grandezas". El profeta contemplaba y consideraba este cuerno pequeño hasta que "el tribunal se sentó en juicio, y los libros fueron abiertos". Y cuando se estableció ese juicio y se abrieron los libros, dice: "Entonces [en ese tiempo] miré a causa de las palabras tan arrogantes que hablaba el cuerno. Miré hasta que mataron a la bestia, y su cuerpo fue deshecho y entregado para ser quemado en el fuego".

Obsérvese el notable cambio en la expresión de esta última afirmación. El profeta contempló el cuerno pequeño desde su aparición, hasta el momento en el que "el tribunal se sentó en juicio, y los libros fueron abiertos". Daniel contempló el cuerno pequeño en ese momento; y muy particularmente "a causa de las palabras tan arrogantes que hablaba el cuerno". Y continuó contemplando esa misma escena -referente al mismo cuerno pequeño- hasta el final, hasta su destrucción. Pero cuando ésta llega, la expresión que describe su destrucción no es que el cuerno pequeño fuese quebrado o destruido, sino que "mataron a la bestia, y su cuerpo fue deshecho y entregado para ser quemado en el fuego".

Eso demuestra que el cuerno pequeño es otra fase de esa misma cuarta bestia, la bestia espantosa y terrible de la que el cuerno pequeño no es más que una continuación, en su mismo espíritu, disposición y propósito, solamente que en otra faceta. Y así como aquel cuarto imperio mundial, la bestia espantosa y terrible en su forma primitiva, era Roma; así también el cuerno pequeño, en sus hechos, no es sino la continuación de Roma: el espíritu y los hechos de Roma, en la forma que es propia de éste.

Lo anterior queda confirmado por la explicación que da sobre el tema el propio capítulo. En efecto, se dice del cuerno pequeño que es "diferente de los primeros", que "hablará palabras contra el Altísimo, a los santos del Altísimo quebrantará, y tratará de cambiar los tiempos y la ley". Leemos también: "Vi que este cuerno combatía a los santos, y los vencía, hasta que vino el Anciano de días, y pronunció juicio en favor de los santos del Altísimo. Y vino el tiempo, y los santos poseyeron el reino". Todo lo anterior es cierto, y constituye la descripción de la postrera Roma.

Y es la propia Roma postrera quien lo confirma. El papa León el Grande ejerció desde el año 440 al 461, el período preciso en el que la primera Roma vivía sus últimos días, precipitándose rápidamente hacia la ruina. El mismo León el Grande dijo en un sermón que la primera Roma no era más que la promesa de la Roma postrera; que las glorias de la primera habrían de reproducirse en la Roma católica; que Rómulo y Remo no eran sino los precursores de Pedro y Pablo; los sucesores de Rómulo eran, de esa forma, precursores de los sucesores de Pedro; y de igual manera en que la primera Roma había dominado el mundo, lo habría de dominar la postrera, cuenta habida del santo y bendito Pedro como cabeza del mundo. El papado no abandonó jamás esa concepción de León el Grande. Cuando, escasamente quince años después, el imperio romano había perecido como tal y sólo el papado sobrevivió a la ruina, asentándose firmemente y fortaleciéndose en Roma, esa concepción de León no hizo más que afirmarse y ser más abiertamente sostenida y proclamada.

Tal concepción se fue también desarrollando intencionada y sistemáticamente. Las Escrituras se examinaron con detenimiento, y se pervirtieron ingeniosamente a fin de sostener esa idea. Mediante una aplicación espuria del sistema levítico del Antiguo Testamento, la autoridad y eternidad del sacerdocio romano había quedado prácticamente establecida.

Y ahora, mediante deducciones tendenciosas, "a partir del Nuevo Testamento, se estableció la autoridad y eternidad de la propia Roma".

Considerándose a sí mismo como la única continuación de la Roma original, el papado tomó la posición de que allí donde el Nuevo Testamento cite o se refiera a la autoridad de la Roma original, se aplica en realidad a él mismo, quien se autoproclama como la verdadera y única continuación de ésta. De acuerdo con lo anterior, donde el Nuevo Testamento amonesta a rendir sumisión a "la autoridad", o a obedecer "a los gobernadores", debe referirse al papado. La razón es que la única autoridad y los únicos gobernadores que por entonces había, eran los romanos, y el poder papal es el único verdadero continuador del romano.

"Se tomó todo texto que contuviese un imperativo a someterse a las potestades; todo pasaje en el que se ordenase obedecer a las autoridades de la nación, llamando especialmente la atención al hecho de que el mismo Cristo sancionó el dominio romano al pacificar el mundo a través de Augusto, al nacer en una época en la que se pagaban tributos, como los que él mismo pagó al César, y al decir a Pilato: ‘ninguna potestad tendrías contra mí, si no te fuese dado de arriba’". (Bryce). Y puesto que Cristo reconoció la autoridad de Pilato, que no era sino representante de Roma, ¡quién se atreverá a desdeñar la autoridad del papado, auténtica continuación de esa autoridad a la que el mismo Señor del cielo se sometió!

Y no fue sino una culminación lógica de esa pretensión, lo que llevó al papa Bonifacio VIII a presentarse a sí mismo ante la multitud vestido de armadura, con un casco en la cabeza y blandiendo una espada, para proclamar: "No hay otro César, rey ni emperador, sino yo, el soberano Pontífice y sucesor de los apóstoles". Y posteriormente declaró, hablando ex catedra: "Por lo tanto, aseveramos, establecemos y proclamamos que, a fin de ser salvo, es necesario creer que todo ser humano está sujeto al Pontífice de Roma".

Eso prueba suficientemente que el cuerno pequeño del capítulo 7 de Daniel es la Roma papal, y que es intencionadamente, en espíritu y propósito, la continuación de la Roma original.
En el capítulo 8 de Daniel se vuelve al mismo tema. El profeta ve primeramente en visión un carnero con dos cuernos prominentes, siendo uno mayor que el otro en correspondencia con la bestia semejante a un oso, que se inclinaba hacia un lado. El ángel declara sencillamente que significaban "los reyes de Media y de Persia". A continuación vio el profeta un "macho de cabrío" que venía del oeste sobre la haz de toda la tierra, sin tocar el suelo, y con un cuerno notable entre sus ojos. Este último abatió al carnero, quebró sus dos cuernos, lo echó por tierra y lo pisoteó, y no hubo quien pudiese librar al carnero de su mano. El ángel declaró que "el macho cabrío es el rey de Grecia, y el cuerno grande que tenía entre sus ojos es el primer rey". El macho cabrío se engrandeció mucho, y estando en su mayor fuerza, aquel gran cuerno fue quebrado, y en su lugar subieron otros cuatro maravillosos hacia los cuatro vientos del cielo. El ángel explica que eso "significa que cuatro reinos sucederán de la nación, mas no en la fortaleza de él [Alejandro]".
A partir de una de esas cuatro divisiones del imperio de Alejandro Magno, el profeta vio cómo "del uno de ellos salió un cuerno pequeño, el cual creció mucho al mediodía, y al oriente, y hacia la tierra deseable". Las citadas referencias geográficas indican que ese poder surgió y creció mucho, a partir del este. Según explica el ángel, eso significa que "al cabo del imperio de éstos [las cuatro divisiones de Grecia], cuando se cumplirán los prevaricadores, levantaráse un rey altivo de rostro, y entendido en dudas". "Y engrandecióse hasta el ejército del cielo; y parte del ejército y de las estrellas echó por tierra, y las holló". "Y su poder se fortalecerá, mas no con fuerza suya; y destruirá maravillosamente, y prosperará; y hará arbitrariamente, y destruirá fuertes y al pueblo de los santos. Y con su sagacidad hará prosperar el engaño en su mano y en su corazón se engrandecerá, y con paz destruirá a muchos: y contra el príncipe de los príncipes [‘aun contra el príncipe de la fortaleza se engrandeció’, vers. 11] se levantará; mas sin mano será quebrantado".
Esas especificaciones muestran que el cuerno pequeño del capítulo octavo de Daniel representa a Roma desde que ésta surgió, tras la destrucción del imperio griego, hasta el fin del mundo, cuando "sin mano será quebrantado" por aquella piedra que fue cortada "no con mano", la que desmenuza todos los reinos terrenales (Dan. 2:34, 35, 44 y 45).

Hemos visto que en el capítulo 7 de Daniel, el cuerno pequeño, si bien representando como tal solamente la postrera fase de Roma, incluye en realidad a Roma en ambas fases, desde el principio al fin, puesto que al llegar el momento de la destrucción del "cuerno pequeño" resulta ser "la bestia" quien es destruida, "y su cuerpo fue deshecho, y entregado para ser quemado en el fuego". Así, el tema con el que acaba la historia del cuerno pequeño, en Daniel 7, encuentra su continuación en Daniel 8 en referencia al mismo poder. En Daniel 8 la expresión "cuerno pequeño" abarca la totalidad de Roma en sus dos fases, justamente como indica la descripción final del "cuerno pequeño" en Daniel 7. Así lo demuestran las expresiones "la abominación desoladora" y "la prevaricación" aplicadas a Roma en sus dos fases (Dan. 9:26 y 27; Mat. 24:15; Dan. 11:31; 12:11; 8:11 y 13); y tal como confirma la enseñanza e historia de la propia Roma postrera. Forma una unidad, de tal manera que todo cuanto se declara de la primera Roma, es cierto de la postrera, sólo que intensificado.

Consideremos ahora con más detenimiento las expresiones bíblicas de Daniel 8, en relación con el poder del cuerno pequeño. En los versículos 11 y 25 se dice de ese poder: "en su corazón se engrandecerá", "aun contra el príncipe de la fortaleza se engrandeció", "y contra el príncipe de los príncipes se levantará". Eso se explica en 2ª Tesalonicenses capítulo 2, donde Pablo, corrigiendo falsas ideas que esos creyentes se habían hecho a propósito de la inmediata venida del Señor, les dice: "Nadie os engañe en ninguna manera, porque ese día no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, que se opondrá y exaltará contra todo lo que se llama Dios, o que se adora; hasta sentarse en el templo de Dios, como Dios, haciéndose pasar por Dios. ¿No os acordáis que cuando estaba todavía con vosotros, os decía esto? " (2 Tes. 2:3-5).

Ese pasaje describe claramente el mismo poder que en Daniel 8 se representa por el cuerno pequeño. Pero hay otras consideraciones que lo muestran más plenamente. Pablo afirma que cuando estuvo en Tesalónica con los hermanos, les había ya dicho esas cosas que ahora escribía. En Hechos 17:1-3 está registrada la estancia de Pablo con los Tesalonicenses en los siguientes términos: "Después de pasar por Anfípolis y Apolonia, llegaron a Tesalónica, donde había una sinagoga. Y como acostumbraba, Pablo fue a la sinagoga, y por tres sábados razonó con ellos de las Escrituras". Y en ese razonar con ellos de las Escrituras, les explicó lo que debía acontecer en cuanto a la manifestación del hombre de pecado, el misterio de iniquidad, el hijo de perdición, que se opondría y exaltaría contra todo lo que se llama Dios, o que se adora; hasta sentarse en el templo de Dios, como Dios, haciéndose pasar por Dios.

Razonando con el pueblo sobre las Escrituras, ¿en qué parte de dichas Escrituras debió encontrar Pablo la revelación a partir de la cual pudo enseñar todo eso a los tesalonicenses? Sin duda lo encontró en este capítulo octavo de Daniel, y fue a partir de ahí que les habló, estando aun con ellos. Efectivamente, en Daniel 8 encontramos las mismas expresiones que emplea en 2 Tesalonicenses, añadiendo, "¿no os acordáis que cuando estaba todavía con vosotros, os decía esto?" Eso determina que el tiempo sería después de los días de los apóstoles, cuando Roma se exaltó a sí misma "aun contra el Príncipe del ejército" y "contra el Príncipe de los príncipes", y lo relaciona directamente con la caída o apostasía que experimentó el papado, que es Roma en su posterior y última fase.

Ahora leamos los versículos 11 y 12 de Daniel 8, y veremos claramente que ese debió ser exactamente el lugar en el que Pablo encontró la escritura a partir de la que enseñó a los tesalonicenses acerca del "hombre de pecado" y "el misterio de iniquidad": [el cuerno pequeño, el hombre de pecado] "Aun contra el Príncipe del ejército se engrandeció, y quitó el continuo; y el lugar de su Santuario fue echado por tierra. A causa de la prevaricación, el ejército y el continuo le fueron entregados. Echó por tierra la verdad, y prosperó en todo lo que hizo".

Eso señala claramente al responsable de la anulación del sacerdocio, el ministerio y el santuario de Dios y de los cristianos.

Leámoslo de nuevo: [el cuerno pequeño, el hombre de pecado]"Aun contra el Príncipe del ejército [‘contra el Príncipe de los príncipes’: Cristo] se engrandeció, y [el hombre de pecado] quitó el continuo [el servicio diario, ministerio y sacerdocio de Cristo]; y el lugar de su Santuario [el santuario del Príncipe del ejército, del Príncipe de príncipes] fue echado por tierra. A causa de la prevaricación, el ejército y el continuo le fueron entregados. Echó por tierra la verdad, y prosperó en todo lo que hizo".

Es "a causa de la prevaricación" o transgresión; es decir, a causa del pecado, que le fue entregado "el ejército" (la hueste) y que echó por tierra la verdad, con el propósito de apartar a la iglesia y al mundo del sacerdocio de Cristo, de su ministerio y santuario, echar éstos por tierra y pisotearlos. Es a causa de prevaricación -o transgresión- por lo que eso ocurrió. Transgresión es pecado, y esa es la consideración o revelación sobre la que el apóstol Pablo, en 2 Tesalonicenses, define ese poder como el "hombre de pecado" y el "misterio de iniquidad".

En Daniel 8:11-13; 11:31 y 12:11, algunos traductores de la Biblia añadieron la palabra "sacrificio", que no figura en el original, tras el término "continuo" o "diario". El "continuo" o "diario" -correspondiente al original hebreo tamid- no se refiere aquí al sacrificio diario o continuo en particular, sino a todo el ministerio o servicio continuo (o diario) del santuario, del que el sacrificio no era más que una parte. La palabra tamid significa "continuo", "constante", "estable", "seguro", "permanente", "por siempre". Tales expresiones dan la idea exacta del término del original, que se suela traducir como "diario" o "continuo". Solamente en los capítulos 28 y 29 de Números, se emplea ese término diecisiete veces en referencia al servicio continuo en el santuario.

Y es ese servicio continuo de Cristo, auténtico Sumo Sacerdote, el que "permanece para siempre", "hecho perfecto para siempre", ostentando "un sacerdocio inmutable"; es ese servicio continuo de nuestro gran Sumo Sacerdote el que quitó el hombre de pecado, el papado. Es el santuario y el verdadero tabernáculo en el que el genuino Sumo Sacerdote ejerce su ministerio continuo, el que "la prevaricación asoladora" echó por tierra. Es ese ministerio y santuario el que "el hombre de pecado" eliminó de la iglesia y del mundo, echándolo por tierra y pisoteándolo, y poniéndose a sí mismo -"la abominación desoladora"- en el lugar de ellos. Lo que hizo la primera Roma materialmente al santuario visible o terrestre -"figura del verdadero"- (Dan. 9:26 y 27; Mat. 24:15), es lo que hizo la Roma postrera, espiritualmente, al santuario invisible o celestial, que es el verdadero (Dan. 11:31; 12:11; 8:11 y 13).

La cita que aparece al pie de la página 67 muestra que en la apostasía, los obispos, presbíteros, diáconos y las eucaristías, debían suceder a los sumo sacerdotes, sacerdotes, levitas y sacrificios del sistema levítico. Ahora bien, en las Escrituras queda patente que el designio de Dios es que Cristo, su ministerio y santuario en el cielo -verdadero objeto del sistema levítico-, fuese la exclusiva y auténtica sucesión cristiana a ese sistema levítico. Por lo tanto, cuando en la apostasía, a modo de sucesión del sistema levítico, se instituyó el sistema de los obispos en lugar de los sumo sacerdotes, presbíteros en lugar de sacerdotes, diáconos en lugar de levitas y la santa cena como sacrificio, en realidad al introducir ese sistema como sucesión cristiana del levítico, no se hizo otra cosa que establecer ese falso sistema de la apostasía en lugar del verdadero, anulando éste completamente, lo que significa echarlo por tierra y pisotearlo.
Y es así como esa gran verdad cristiana del auténtico sacerdocio, ministerio y santuario de Cristo, resulta prácticamente desconocida para el mundo cristiano de hoy día. El "hombre de pecado" la ha quitado, echado por tierra y pisoteado. El "misterio de iniquidad" ha ocultado esa gran verdad de la iglesia y el mundo durante todos estos años en los que ha pretendido el lugar de Dios, y su hueste inicua el de la iglesia de Dios.

No obstante, el propio "hombre de pecado", el "misterio de iniquidad" da testimonio de la necesidad de un servicio tal en la iglesia, a causa de los pecados. Si bien "el hombre de pecado", "el misterio de iniquidad" quitó el verdadero sacerdocio, ministerio y santuario de Cristo, los echó por tierra, pisoteó y ocultó completamente de la vista del mundo cristiano, sin embargo, no desechó la idea en su totalidad. No: quitó el verdadero y lo echó por tierra, pero reteniendo la idea, y estableció en su propio seno una estructura totalmente falsa en lugar de la verdadera.
Cristo, verdadero y divino Sumo Sacerdote por designio del propio Dios en el cielo, fue sustituido por un sacerdocio humano, pecaminoso y pecador en la tierra. En lugar del ministerio continuo y celestial de Cristo en su verdadero sacerdocio, basado en su verdadero sacrificio, estableció un ministerio discontinuo y terrenal mediante un sacerdocio pecaminoso y pecador, en el sacrificio "diario" de la misa (ofrecida una vez al día). Y en lugar del santuario y de aquel verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre, estableció sus propios lugares de reunión, construidos en piedra y madera, y dándoles el nombre de "santuario". Así, en lugar del continuo Sumo Sacerdote, del continuo ministerio y del continuo sacerdocio celestiales que Dios ordenó, y que son los únicos verdaderos, diseñó de su propia invención, para sustituir al anterior, muchos sumo sacerdotes, ministerios, sacrificios y santuarios en la tierra, que en el mejor de los casos no pasan de ser humanos y colmo de la falsificación.

Y nunca pueden quitar los pecados. Ningún sacerdocio, ministerio, servicio o sacrificio terrenales, en ningún santuario terrenal, pueden jamás quitar el pecado. Hemos visto en Hebreos que ni siquiera el ministerio, sacerdocio, sacrificio y servicio del santuario terrenal -el que el mismo Señor estableció en la tierra- podía quitar el pecado. El registro inspirado nos dice que nunca quitaba el pecado, y que nunca podía hacerlo.

Únicamente el sacerdocio y ministerio de Cristo pueden quitar el pecado. Y constituyen un sacerdocio y ministerio celestiales; pertenecen a un santuario celestial. Porque cuando Cristo estuvo en la tierra, no era sacerdote. Y si hubiese permanecido en ella hasta nuestros días, tampoco lo sería. Según Hebreos 8:4, "si estuviese sobre la tierra, ni aun sería sacerdote". Así, por claro precepto y abundante ilustración, Dios demostró que ningún ministerio, sacerdocio ni sacrificio terrenales pueden quitar el pecado.

Si es que alguno pudiese hacerlo, ¿no sería acaso el que Dios mismo ordenó sobre la tierra? Y si el tal hubiese podido verdaderamente quitar el pecado, ¿qué necesidad había de cambiar el sacerdocio y ministerio, de la tierra al cielo? Por lo tanto, según la clara palabra del Señor, el sacerdocio, ministerio, sacrificio y santuario que el papado estableció, y que opera en la tierra, no puede jamás quitar el pecado. Muy al contrario, lo que hace es perpetuarlo. Es un fraude, una impostura, es la "prevaricación" y la "abominación desoladora" del santuario.

Y esa conclusión y constatación de cuanto constituye en realidad el sistema papal, no es una deducción peregrina y extravagante. La confirman las palabras del Cardenal Baronius, analista oficial del papado. Refiriéndose al siglo X, escribió: "En ese siglo se vio la abominación desoladora en el templo del Señor; y a la vista de San Pedro, reverenciado por los ángeles, fueron puestos los más inicuos de entre los hombres: no pontífices, sino monstruos". Y el concilio de Rheims, en el año 991, definió al papado como "el hombre de pecado, el misterio de iniquidad".

EL MISTERIO DE DIOS CONSUMADO

Pero gracias a Dios esa impostura no va a durar para siempre. La gran verdad del sacerdocio, ministerio y santuario cristianos no va a ser por siempre ocultada de los ojos de la iglesia y el mundo. Se erigió el misterio de iniquidad y ocultó del mundo el misterio de Dios, de manera que toda la tierra se maravilló en pos de la bestia (Apoc. 13:3 y 4). Pero se acerca el día en el que el misterio de iniquidad será desenmascarado, y el misterio de Dios brillará nuevamente en el esplendor de su verdad y pureza, para no ser ya ocultado nunca más, y para cumplir su gran propósito, alcanzando su entera consumación. Porque está escrito que "en los días de la voz del séptimo ángel, cuando él comenzare a tocar la trompeta, el misterio de Dios será consumado, como él lo anunció a sus siervos los profetas" (Apoc. 10:7).

En los días de Cristo y sus apóstoles fue revelado el misterio de Dios en una plenitud nunca conocida hasta entonces, y fue predicado "a todas las gentes para que obedezcan a la fe" (Rom. 16:25 y 26). Desde el principio del mundo hasta ese tiempo, fue ese "misterio escondido desde los siglos en Dios", "el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, mas ahora ha sido manifestado a sus santos, a los cuales quiso Dios hacer notorias las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros la esperanza de gloria: el cual nosotros anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando en toda sabiduría, para que presentemos a todo hombre perfecto en Cristo Jesús" (Col. 1:26-29. Efe. 3:3, 5 y 9).

Pero ya en ese tiempo, en los días de los apóstoles, obraba el "misterio de iniquidad". Y continuó hasta alcanzar poder y supremacía mundiales, incluso hasta quebrantar a los santos del Altísimo y pensar en mudar los tiempos y la ley, levantándose contra el Príncipe de los príncipes, engrandeciéndose aun contra el Príncipe de la fortaleza y poniéndose a sí mismo en lugar de Dios. Y así, el misterio de Dios fue ocultado -aunque no ocultado en Dios-. Pero ahora, en los días de la voz del séptimo ángel, precisamente ahora, ese misterio de Dios que durante años se había ocultado de generaciones, es manifestado a sus santos, "a los cuales quiso Dios hacer notorias las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros la esperanza de gloria: el cual nosotros anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando en toda sabiduría, para que presentemos a todo hombre perfecto en Cristo Jesús".

Y eso, como ya hemos documentado, sucede de acuerdo a "como él lo reveló a sus siervos los profetas". Esa no es una declaración aislada del profeta de Patmos, dirigida a su tiempo. Es ahora, en nuestros días, cuando "el misterio de Dios será consumado", ya que cuando el ángel de Dios hizo esa proclamación en la visión del profeta de Patmos, lo había ya previamente anunciado -y mucho tiempo antes- a sus siervos los profetas. La proclamación hecha en Patmos no fue sino la declaración del ángel de Dios de que cuanto había sido anunciado a sus siervos los profetas, debía ahora suceder plenamente y sin más demora. Las palabras del ángel son las siguientes: "Y el ángel que vi estar sobre el mar y sobre la tierra, levantó su mano al cielo, y juró por el que vive para siempre jamás, que ha criado el cielo y las cosas que están en él, y la tierra y las cosas que están en ella, y el mar y las cosas que están en él, que el tiempo ("demora", R.S.V.) no será más. Pero en los días del séptimo ángel, cuando él comenzare a tocar la trompeta, el misterio de Dios será consumado, como él lo anunció a sus siervos los profetas" (Apoc. 10:5-7).

Daniel es el profeta al que más plena y claramente le fue revelado. Daniel contempló, no solamente la aparición de ese cuerno pequeño, su ensalzamiento "contra el Príncipe del ejército", "contra el Príncipe de los príncipes", su echar por tierra la verdad y el santuario pisoteándolos, sino que vio también -y en la misma visión- a la verdad y el santuario liberados del poder del cuerno pequeño, rescatados del pisoteo blasfemo de éste, levantados de la tierra y exaltados hasta el cielo, a donde en justicia pertenecen. Y es en esa precisa parte de la visión en la que parecen mostrar el mayor interés los seres celestiales, ya que dice Daniel: "Entonces oí a un santo que hablaba, y otro santo le preguntó: ‘¿Hasta cuándo durará la visión del continuo, de la prevaricación asoladora, y del pisoteo del santuario y del ejército?’ Y él respondió: ‘Hasta 2.300 días de tardes y mañanas. Entonces el santuario será purificado’" (Dan. 8:13 y 14).

Entonces se encomendó a Gabriel que hiciese entender la visión a Daniel. Comenzó a hacerlo así, hasta que llegó a la explicación de los muchos días de la visión, punto en el que las sorprendentes y terribles cosas reveladas agobiaron a Daniel: "Y yo, Daniel, quedé quebrantado, y estuve enfermo algunos días. Cuando convalecí, atendí los asuntos del rey. Pero quedé espantado acerca de la visión, y no la entendía" (Dan. 8:27). Hasta donde había sido explicado, era sencillo de entender: se declara llanamente que el carnero son los reyes de Media y de Persia, y el macho cabrío el rey de Grecia. Y a la vista de las explicaciones ya hechas en los capítulos 2 y 7 de Daniel, la descripción del siguiente gran poder que sucedería a Grecia se comprendía fácilmente a medida que el ángel avanzaba en la explicación. Pero Daniel desfalleció justamente en el clímax de la parte más importante de la explicación, de forma que se perdió la parte más esencial y significativa de la explicación, y "no había quien la entendiese".

Sin embargo, el profeta procuró con toda diligencia comprender la visión. Y tras la destrucción de Babilonia, en el primer año del rey de los medas y persas, el ángel Gabriel se apareció nuevamente a Daniel, diciendo: "Daniel, ahora he salido para hacerte entender la declaración" (Dan. 9:1 y 22). Y vino precisamente para hacerle entender la declaración de aquella visión que había comenzado a explicar cuando Daniel desfalleció. Así que primeramente dirigió la atención de Daniel hacia la visión, diciendo: "Tan pronto como empezaste a orar, fue dada la respuesta, y yo he venido a enseñártela, porque tú eres muy amado. Entiende, pues, la palabra, y entiende la visión" (vers. 23). Habiendo dirigido en esos términos la atención del profeta hacia la visión, el ángel aborda directamente el tema del tiempo mencionado en la misma: la parte precisa de la visión que, a causa del desfallecimiento de Daniel, había quedado pendiente de explicación. Dice pues: "Setenta semanas están cortadas para tu pueblo y tu santa ciudad" (vers. 24).

La palabra "cortadas" significa "delimitadas", "acotadas mediante límites", "señaladas en cuanto a su alcance". Al explicar la visión la primera vez, el ángel había llegado al asunto del tiempo: los "muchos días" de Dan. 8:26, los "dos mil y trescientos días" de la visión. Ahora, al llamar la atención de Daniel a la visión, comienza inmediatamente a referirse a esos días, explicando los acontecimientos con ellos relacionados: "Setenta semanas", o 490 de esos días, están determinados o cortados (delimitados, asignados) para los judíos y Jerusalem. Eso señala los límites del tiempo para los judíos y Jerusalem en tanto que pueblo y ciudad especiales de Dios. Se trata de días proféticos, en los que cada día corresponde a un año: las 70 semanas -o 490 días- vienen a ser 490 años, cortados (tomados) de los 2.300 días, que a su vez son 2.300 años. El principio de los 490 años es pues coincidente con el de los 2.300 años.

El relato de las "setenta semanas", o 490 años, viene dado por el ángel en estos términos: "Conoce, pues, y entiende, que desde que salga la orden para restaurar y reedificar a Jerusalem hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y 62 semanas. La plaza y la muralla se reedificarán en tiempos angustiosos. Después de las 62 semanas se quitará la vida al Mesías, y no por él mismo. Y el pueblo de un príncipe que ha de venir, destruirá a la ciudad y el Santuario. Su fin vendrá como una inundación, y hasta el fin de la guerra, será talada con asolamiento. En otra semana confirmará el pacto a muchos. Y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Y sobre el ala del templo uno ejecutará la abominación asoladora, hasta que la ruina decretada caiga sobre el desolador" (Dan. 9:25-27).

El decreto para restaurar y reedificar Jerusalem se produjo el 457 a. de C., y se encuentra registrado en el capítulo 7 de Esdras. Fue emitido desde Babilonia, y se dirigió primeramente a Esdras, concediéndole potestad para abandonar Babilonia y para tomar consigo la gente y materiales necesarios para la obra de restauración de Jerusalem, a fin de que Dios pudiese ser adorado allí. Y posteriormente, "a todos los tesoreros del otro lado del río" Éufrates, con el objeto de que proveyesen cuanto Esdras requiriese para el avance de la obra. Cuando Esdras llegó a Jerusalem era el quinto mes del año, por lo tanto la restauración debió comenzar hacia el otoño del 457 a. de C., lo que lleva al año 456 ½ como fecha de partida de los 490 años, y de los 2.300 años.

A partir de entonces, 483 años conducirían al "Mesías Príncipe", lo que lleva al año 26 ½ de la era cristiana, es decir, el año 27 d. de C., que es el preciso año en el que Cristo hizo su aparición como Mesías, en su ministerio público, al ser bautizado en el Jordán y ungido con el Espíritu Santo (Mar. 7:9-11; Mat. 3:13-17). Tras ello, él, el Mesías, "confirmará el pacto a muchos" "en otra semana", o sea, la semana que faltaba para las 70. Pero a mitad de esa semana, "hará cesar el sacrificio y la ofrenda" por el sacrificio de sí mismo en la cruz. A la mitad de la semana tiene que ser al final de los tres años y medio, de entre aquellos siete, a contar desde el otoño del 27 d. de C. Eso conduce a la primavera del año 31 d. de C., el momento preciso en el que fue crucificado el Salvador; y de ese modo, mediante su propio sacrificio, el auténtico sacrificio por los pecados, hizo cesar para siempre el sacrificio y la ofrenda. En esa ocasión, el velo del templo terrenal "se rasgó en dos, desde arriba hacia abajo", indicando que el servicio de Dios hallaba su fin en aquel lugar, y la casa terrenal sería dejada desierta.

Quedaba todavía la segunda mitad de la 70ª semana, dentro del límite de tiempo en el que el pueblo judío y Jerusalem contarían con el favor especial. Esa media semana con principio en la primavera del año 31 de nuestra era, se extendía hasta el otoño del 34. En aquel tiempo, "los que habían sido esparcidos por la persecución que vino después de Esteban [‘iban por todas partes anunciando la Palabra’] anduvieron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, y a nadie predicaron la Palabra, sino sólo a los judíos" (Hech. 11:19; 8:4). Pero cuando ese tiempo expiró, y los judíos se hubieron confirmado en el rechazo del Mesías y su evangelio, entonces su decisión fue aceptada, y bajo la dirección de Pedro y de Pablo, las puertas se abrieron de par en par a los gentiles, a quienes pertenece la porción restante de los 2.300 años.

Tras descontar los 490 años asignados a los judíos y Jerusalem, quedan aun 1.810 años para los gentiles (2.300 – 490 = 1.810). Ese período de los 1.810 años, comenzando, como hemos visto, en el otoño del año 34 de nuestra era, conduce indefectiblemente al otoño del año 1844, marcando esa fecha como el final de los 2.300 años. Y en ese tiempo, por palabra de quien no puede equivocarse (Dan. 8:14), "el santuario será purificado". 1844 fue igualmente el preciso tiempo de "los días de la voz del séptimo ángel, cuando él comenzare a tocar la trompeta", y "el misterio de Dios será consumado, como él lo anunció a sus siervos los profetas".

En esa época se quebrantaría el horror de las densas tinieblas con las que el misterio de iniquidad ocultó por las edades y generaciones el misterio de Dios. Es entonces cuando el santuario y verdadero tabernáculo, y su verdad, se elevarían desde el suelo, adonde el hombre de pecado los había arrojado para pisotearlos, siendo exaltados hasta el cielo, lugar al que pertenecen. Desde allí brillarán con tal luz que toda la tierra será iluminada con su gloria. En ese tiempo, la verdad trascendental del sacerdocio y ministerio de Cristo iba a ser rescatada del olvido al que la prevaricación y la abominación desoladora habían sometido, y sería una vez más, y definitivamente, restituida a su genuino emplazamiento celestial en la fe de la iglesia, logrando en todo verdadero creyente esa perfección que es el eterno propósito de Dios en Cristo Jesús Señor nuestro.

LA PURIFICACIÓN DEL SANTUARIO

La purificación del santuario y la consumación del misterio de Dios son coincidentes en el tiempo, y están tan estrechamente relacionados que constituyen una identidad práctica en carácter y alcance.

En "la figura del verdadero" o santuario visible, la sucesión de los servicios formaba un ciclo que se completaba anualmente. Y la purificación del santuario era la consumación de ese servicio anual figurativo. Esa purificación del santuario consistía en la limpieza y eliminación del santuario "de las inmundicias de los hijos de Israel, y de sus rebeliones, y de todos sus pecados" que, mediante el ministerio sacerdotal, habían sido llevados al santuario durante el año.

La consumación de esta obra, de y para el santuario, era también la consumación de la obra para el pueblo, ya que en ese día de la purificación del santuario, que era el día de la expiación (o reconciliación), quien no participase del servicio de purificación mediante escrutinio del corazón, confesión y expulsión del pecado, sería cortado definitivamente del pueblo. Así, la purificación del santuario afectaba al pueblo y lo incluía tan ciertamente como al santuario mismo. Y cualquiera del pueblo que no participase de la purificación del santuario, no siendo él mismo purificado como lo era el santuario –purificado de toda iniquidad, transgresión y pecado-, era cortado de su pueblo para siempre (Lev. 16:15-19; 29-34; 23:27-32).

Y eso "era figura de aquel tiempo presente". Ese santuario, sacrificio, sacerdocio y ministerio, eran figura del verdadero, que es el santuario, sacrificio, sacerdocio y ministerio de Cristo. Y esa purificación del santuario era una figura del verdadero, que es la purificación del santuario -y verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre- de toda impureza de los creyentes en Jesús, a causa de sus transgresiones o pecados. Y el momento de esa purificación del verdadero santuario, en palabras de Aquel que no puede equivocarse, es: "hasta 2.300 días, y el santuario será purificado" -el santuario de Cristo-, en el año 1844 de nuestra era.

Y ciertamente, el santuario del cual Cristo es Sumo Sacerdote es el único que podía ser purificado en 1844, ya que es el único que existía entonces. El santuario que era figura para el tiempo presente, fue destruido por el ejército Romano junto con la ciudad (Dan. 9:26). Incluso su emplazamiento fue destruido "hasta una entera consumación". Por ello, el único santuario que podía ser purificado en el tiempo señalado por el Autor de la profecía, al final de los 2.300 días, era el santuario de Cristo. El santuario y el verdadero tabernáculo del que Cristo, a la diestra de Dios, es verdadero sacerdote y ministro. Ese "santuario y verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre".

El significado de esa purificación está llanamente expresado en la Escritura que estamos estudiando: Dan. 9:24-28. El ángel de Dios, al explicar a Daniel la verdad concerniente a los 2.300 días, declaró también el gran objetivo del Señor en ese tiempo, en relación con judíos y gentiles. Las setenta semanas, o 490 años delimitados para los judíos y Jerusalem, se especifica que son "para acabar la prevaricación, poner fin al pecado, expiar la iniquidad, traer la justicia de los siglos, sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos" (Dan. 9:24).

Tal es el verdadero propósito de Dios en el santuario y sus servicios, en todo tiempo: sea en la figura o en el verdadero, para judíos o gentiles, en la tierra como en el cielo. Setenta semanas, o 490 años, era lo concedido a los judíos para que alcanzasen el cumplimiento o consumación de ese propósito, por y en ellos. A fin de lograrlo, el mismo Cristo vino a ese pueblo, entre todos los pueblos, para mostrarles el Camino y conducirlos por ese Camino. Pero no lo recibieron. En lugar de ver en él al misericordioso Ser que acabaría la prevaricación, pondría fin al pecado, expiaría la iniquidad y traería la justicia de los siglos a toda alma, vieron en él solamente a "Belzebú, príncipe de los demonios"; vieron a uno en el lugar del cual escogerían decididamente a un malhechor; a uno que repudiarían abiertamente en tanto que Rey, escogiendo no tener otro rey que al César romano; a uno que no juzgaron digno de otra cosa que no fuese la crucifixión y expulsión del mundo. Para un pueblo tal, y en un pueblo como ese, ¿podría él poner fin a la prevaricación, poner fin al pecado, expiar la iniquidad y traer la justicia de los siglos? Imposible. Imposible por la propia obstinada rebelión de ellos. En lugar de permitírsele efectuar una obra tan misericordiosa y maravillosa en su favor, se vio compelido a exclamar desde la profundidad de la pena y dolor divinos: "¡Jerusalem, Jerusalem, que matas a los profetas, y apedreas a los que son enviados a ti! ¡cuántas veces quise juntar tus hijos, como la gallina junta sus pollos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí que vuestra casa os es dejada desierta". "El reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que haga los frutos de él" (Mat. 23:37 y 38; 21:43).

Tras el rechazo de los judíos, el reino de Dios se dio a la nación gentil. Y todo cuanto debía haberse hecho por los judíos en los 490 años a ellos dedicados, pero que de ninguna forma consintieron en que se realizara, eso mismo es lo que debe hacerse por los gentiles, a quienes se da el reino de Dios, en los 1.810 años que se les concede. Y esa obra consiste en "acabar la prevaricación, poner fin al pecado, expiar la iniquidad, traer la justicia de los siglos, sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos". Eso puede solamente realizarse en la consumación del misterio de Dios, en la purificación del verdadero santuario cristiano. Y eso se efectúa en el verdadero santuario, precisamente acabando la prevaricación (o transgresión) y poniendo fin a los pecados en el perfeccionamiento de los creyentes en Jesús, de una parte; y de la otra parte, acabando la prevaricación y poniendo fin a los pecados en la destrucción de los malvados y la purificación del universo de toda mancha de pecado que jamás haya existido en él.

La consumación del misterio de Dios es el cumplimiento final de la obra del evangelio. Y la consumación de la obra del evangelio es, primeramente, la erradicación de todo vestigio de pecado y el traer la justicia de los siglos, es decir, Cristo plenamente formado en todo creyente, sólo Dios manifestado en la carne de cada creyente en Jesús; y en segundo lugar, y por otra parte, la consumación de la obra del evangelio significa precisamente la destrucción de todos quienes hayan dejado de recibir el evangelio (2 Tes. 1:7-10), ya que no es la voluntad del Señor preservar la vida a hombres cuyo único fin sería acumular miseria sobre sí mismos.

Hemos visto que en el servicio del santuario terrenal, cuando había finalizado la obra del evangelio en el ciclo anual en beneficio de quienes habían tomado parte en él, aquellos que, por el contrario, no habían participado, eran cortados o excluidos. "Lo cual era figura de aquel tiempo presente", y enseña de forma inequívoca que en el servicio del verdadero santuario, cuando haya finalizado la obra del evangelio para todos quienes participen en él, entonces, todos aquellos que no hayan tomado parte, serán excluidos. Así, en ambos sentidos, la consumación del misterio de Dios significa poner fin al pecado para siempre.

En el servicio del santuario terrenal vemos también que para producirse la purificación, completándose así el ciclo de la obra del evangelio, debía primero alcanzar su cumplimiento en las personas que participaban en el servicio. En otras palabras: En el santuario mismo no se podía acabar la prevaricación, poner fin al pecado, expiar la iniquidad ni traer la justicia de los siglos, hasta que todo ello se hubiese cumplido previamente en cada persona que participaba del servicio del santuario. El santuario mismo no podía ser purificado antes de que lo fuera cada uno de los adoradores. El santuario no podía ser purificado mientras se continuase introduciendo en él un torrente de iniquidades, transgresiones y pecados, mediante la confesión del pueblo y la intercesión de los sacerdotes. La purificación del santuario como tal, consistía en la erradicación y expulsión fuera del santuario, de todas las transgresiones del pueblo, que por el servicio de los sacerdotes se había ido introduciendo en él, en el servicio de todo el año. Y ese torrente debe detenerse en su fuente, en los corazones y vidas de los adoradores, antes de que el santuario mismo pueda ser purificado.

De acuerdo con lo anterior, lo primero que se efectuaba en la purificación del santuario era la purificación del pueblo. Lo que era esencial e imprescindible para la purificación del santuario, para acabar la prevaricación, poner fin al pecado, expiar la iniquidad y traer la justicia de los siglos, era acabar la prevaricación, poner fin al pecado, expiar la iniquidad y traer la justicia de los siglos en el corazón y vida de cada uno de entre el pueblo. Cuando se detenía en su origen el torrente que fluía hacia el santuario, entonces, y solo entonces, podía el propio santuario ser purificado de los pecados y transgresiones del pueblo, que se habían introducido en él mediante la intercesión de los sacerdotes.

Y todo eso "era figura de aquel tiempo presente", "figura del verdadero". Se nos enseña pues claramente que el servicio de nuestro gran Sumo Sacerdote en la purificación del verdadero santuario debe ser precedida por la purificación de cada uno de los creyentes, la purificación de cada uno de los que participen en ese servicio del verdadero Sumo Sacerdote en el verdadero santuario. Es imprescindible que acabe la prevaricación, que se ponga fin al pecado, que se expíe la iniquidad y se traiga la justicia de los siglos en la experiencia de todo creyente en Jesús, antes de que pueda cumplirse la purificación del verdadero santuario.

Tal es el preciso objetivo del verdadero sacerdocio en el verdadero santuario. Los sacrificios, el sacerdocio y el ministerio en el santuario que no era más que una mera figura para aquel tiempo presente, no podían realmente quitar el pecado, no podían hacer perfectos a los que se allegaban a él. Pero el sacrificio, el sacerdocio y el ministerio de Cristo en el verdadero santuario quita los pecados para siempre, hace perfectos a cuantos se allegan a él, hace "perfectos para siempre a los santificados".

EL TIEMPO DEL REFRIGERIO

Y ahora, en este tiempo de la consumación de la esperanza de los siglos, en este tiempo en que el verdadero santuario debe ser genuinamente purificado, en este tiempo en que debe ser completada la obra del evangelio y consumado realmente el misterio de Dios, ahora es el momento de entre todos los momentos que jamás haya habido, en que los creyentes en Jesús, que son los benditos destinatarios de su glorioso sacerdocio y maravillosa intercesión en el verdadero santuario, participen de la plenitud de su gracia celestial de forma que en sus vidas se acabe la prevaricación, haya un fin al pecado y la iniquidad sea expiada por siempre, y en la perfección de la verdad reciban la justicia de los siglos.

Ese es precisamente el definido propósito del sacerdocio y ministerio de Cristo en el verdadero santuario. ¿Acaso no es ese sacerdocio suficiente? ¿Será su ministerio eficaz, logrando la consecución de su propósito? Sí, con total seguridad. Es sólo por ese medio como queda asegurado su cumplimiento. No está al alcance de ningún alma, por ella misma, el acabar la prevaricación, poner fin a los pecados, ni hacer reconciliación por las iniquidades o traer la justicia perdurable en su propia vida. A fin de que tal cosa se realice, debe ser obrada obligatoria y solamente por el sacerdocio y ministerio de Aquel que se dio a sí mismo, y que fue entregado para poder cumplir eso mismo por todas las almas, "para haceros santos, sin mancha e irreprensibles" a la vista de Dios.

Todo aquel cuyo corazón esté inclinado a la verdad y la rectitud desea ver eso realizado; sólo el sacerdocio y ministerio de Cristo lo pueden hacer, y ahora es el tiempo para su pleno y definitivo cumplimiento. Por lo tanto, creamos en Aquel que lo está efectuando, y confiemos en que es capaz de llevarlo a completa y eterna consumación.

Éste es el momento, y ésta la obra de la que se declara que "ya no habrá más tiempo" ("el tiempo no será más"). Y ¿por qué habría de retrasarse? Si el sacerdocio de nuestro gran Sumo Sacerdote es eficaz, su sacrificio y ministerio totalmente adecuados en relación con lo prometido, aquello en lo que espera todo creyente, ¿por qué tendría que demorarse el acabar la prevaricación, poner fin al pecado, hacer reconciliación por la iniquidad y traer la rectitud perdurable a cada alma creyente? Entonces, confiemos a Cristo el hacer aquello para lo que se dio a sí mismo, y que únicamente él puede realizar. Confiemos en él en esto, y recibamos en su plenitud lo que pertenece a toda alma que cree y confía incondicionalmente en el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra profesión: Cristo Jesús.

Hemos visto que el cuerno pequeño -el hombre de pecado, el misterio de iniquidad- instauró su propio sacerdocio terrenal, humano y pecaminoso, en el lugar del sacerdocio y ministerio santo y celestial. En ese servicio y sacerdocio del misterio de iniquidad, el pecador confiesa sus pecados al sacerdote, y sigue pecando. Ciertamente, en ese ministerio y sacerdocio no hay poder para hacer otra cosa que no sea seguir pecando, incluso tras haber confesado los pecados. Pero, aunque sea triste la pregunta, los que no pertenecen al misterio de iniquidad, sino que creen en Jesús y su sacerdocio celestial, ¿no es cierto que confiesan ellos también sus pecados, para luego continuar pecando?

¿Hace eso justicia a nuestro gran Sumo Sacerdote, a su sacrificio y a su bendito ministerio? ¿Es justo que rebajemos así a Cristo, su sacrificio y su ministerio, prácticamente a la altura de la "abominación desoladora", diciendo que en el verdadero ministerio no hay más poder o virtud que en el "misterio de iniquidad"? Que Dios libre hoy y para siempre a su iglesia y pueblo, sin más demora, de este rebajar hasta lo ínfimo a nuestro gran Sumo Sacerdote, su formidable sacrificio y su glorioso ministerio.

Confiemos de verdad en nuestro gran Sumo Sacerdote, y que nuestra confianza sea realmente inamovible. Es posible oír a protestantes manifestando sorpresa por la ciega insensatez de los católicos al confiar plenamente en el sacerdote. Y con respecto al sacerdocio terrenal, la sorpresa está justificada. Sin embargo, la fe incondicional en el sacerdote es totalmente correcta, aunque debiera ser puesta en el verdadero Sacerdote. La fe en un falso sacerdocio es ruinosa en extremo, pero el principio de la confianza inquebrantable en el Sacerdote es eternamente correcto. Y Jesucristo es el verdadero Sacerdote. Por lo tanto, todo quien crea en Jesús -en el sacrificio que hizo, en el sacerdocio y ministerio que ejerce en el verdadero santuario- debe, no solamente confesar sus pecados, sino que debe entonces confiar absolutamente en el verdadero Sumo Sacerdote en su ministerio en el verdadero santuario para acabar la prevaricación (transgresión), poner fin al pecado, hacer reconciliación por la iniquidad y traer la justicia de los siglos a su corazón y vida.

Recuérdese: justicia de los siglos. No justicia para hoy y pecado para mañana, y justicia otra vez, y pecado de nuevo. Eso no es justicia de los siglos (rectitud perdurable). La justicia de los siglos es traída para permanecer constantemente en la vida de quien ha creído y confesado, y que sigue creyendo y recibiendo esa justicia de los siglos en lugar del pecado y el pecar. En eso consiste la justicia de los siglos, en eso consiste la redención eterna del pecado. Y esa bendición inenarrable es el don gratuito de Dios por medio del ministerio celestial que ha establecido para nuestro beneficio en el sacerdocio y ministerio de Cristo en el santuario celestial.

En consecuencia, hoy, justamente ahora, "mientras dura ese ‘hoy’ ", como nunca antes, la palabra de Dios a todo hombre es: "Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados, y vengan los tiempos del refrigerio de la presencia del Señor, y él envíe a Jesucristo, designado de antemano, a quien es necesario que el cielo retenga hasta el tiempo de la restauración de todas las cosas" (Hech. 3:19-21).

El tiempo de la venida del Señor y de la restitución de todas las cosas está verdaderamente a las puertas. Y cuando Jesús venga, será para tomar a su pueblo consigo. Para presentarse a sí mismo una iglesia gloriosa "que no tuviese mancha ni arruga, ni cosa semejante; sino que fuese santa y sin mancha". Es para verse a sí mismo perfectamente reflejado en todos sus santos.
Y antes de que venga, su pueblo debe estar en esa condición. Antes de que venga debemos haber sido llevados a ese estado de perfección, a la plena imagen de Jesús (Efe. 4:7, 8, 11-13). Y ese estado de perfección, ese desarrollo en todo creyente de la completa imagen de Jesús, eso es la consumación del misterio de Dios, que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria (Col. 1:27). Esa consumación halla su cumplimiento en la purificación del santuario, que significa la realización plena del misterio de Dios, y que consiste en acabar la prevaricación, poner un fin decidido a los pecados, hacer reconciliación por la iniquidad, traer la justicia de los siglos, sellar la visión y la profecía, y ungir el Santo de los santos.

Puesto que es en este tiempo que la venida de Jesús y la restauración de todas las cosas está a las puertas; y dado que ese perfeccionamiento de los santos debe necesariamente preceder a dicha venida y restauración, tenemos una sólida evidencia de que ahora estamos en el tiempo del refrigerio, el tiempo de la lluvia tardía. Y tan ciertamente como eso es así, estamos actualmente viviendo en el tiempo del borramiento definitivo de todos los pecados que jamás nos hayan asediado. La purificación del santuario consiste precisamente en el borramiento de los pecados, en acabar la transgresión en nuestras vidas, en poner fin a todo pecado en nuestro carácter, en la venida de la justicia misma de Dios que es por la fe en Jesús, para que permanezca ella sola por siempre.

Ese borramiento de los pecados debe preceder a la recepción del refrigerio de la lluvia tardía, ya que la promesa del Espíritu viene solamente sobre quienes tienen la bendición de Abraham, y esa bendición se pronuncia solamente sobre quienes están redimidos del pecado (Gál. 3:13 y 14). Por lo tanto, ahora, como nunca antes, debemos arrepentirnos y convertirnos, para que nuestros pecados sean borrados, para que se les pueda poner fin por completo en nuestras vidas, y para traer la justicia de los siglos; y eso con el fin de que sea nuestra la plenitud del derramamiento del Espíritu Santo, en este tiempo del refrigerio de la lluvia tardía. Debe darse todo esto para que el mensaje del evangelio del reino, que produce la maduración de la cosecha, sea predicado en todo el mundo con ese poder de lo alto por el que toda la tierra será iluminada con su gloria.

CRISTO EL SEÑHOR

Cristo el Señor, el Hijo de Dios, descendió del cielo y se hizo carne, y habitó entre los hombres como Hijo del hombre. Murió en la cruz del Calvario por nuestras ofensas. Resucitó de los muertos a causa de nuestra justificación. Ascendió al cielo como nuestro abogado, y como tal se sentó a la diestra del trono de Dios.

Es sacerdote en el trono de su Padre; sacerdote para siempre según el orden de Melchisedec.
A la diestra de Dios, en el trono de Él, como sacerdote en su trono, Cristo es "ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre".

Y volverá otra vez en las nubes del cielo con poder y gran gloria para tomar a su pueblo consigo, para presentarse a sí mismo su iglesia gloriosa, y para juzgar al mundo.
Las declaraciones anteriores constituyen principios eternos de la fe cristiana.

Para que la fe sea verdadera y plena, es preciso que la vida de Cristo en la carne, su muerte en la cruz, su resurrección, ascensión y su sentarse a la diestra del trono de Dios en los cielos sean principios eternos en la fe de todo cristiano.

El que ese mismo Jesús sea sacerdote a la diestra de Dios en su trono, debe igualmente ser un principio eterno en la fe de todo cristiano a fin de que se trate de una fe plena y verdadera.
Que Cristo -el Hijo de Dios- como sacerdote a la diestra del trono de Dios es "ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre", será también un principio eterno en la fe madura y plena de todo cristiano.

Y esa verdadera fe en Cristo - el Hijo de Dios - como el auténtico sacerdote en ese ministerio y santuario verdaderos, a la diestra de la Majestad en los cielos; esa fe en que su sacerdocio y ministerio acaban la transgresión, ponen fin a los pecados, hacen reconciliación por la iniquidad y traen la justicia de los siglos, esa fe, hará perfecto a todo el que a él se allega. Lo preparará para el sello de Dios y para el ungimiento final del Santo de los santos.

Por medio de esa verdadera fe, todo creyente que sea de esa fe genuina puede tener la certeza de que en él y en su vida acaba la transgresión y se pone fin a los pecados, se hace reconciliación por toda iniquidad de su vida y la justicia perdurable viene a reinar en su vida por siempre jamás. Puede estar perfectamente seguro de ello, ya que la Palabra de Dios así lo afirma, y la verdadera fe viene por oír la Palabra de Dios.

Todos cuantos pertenezcan a esa verdadera fe pueden estar tan seguros de todo lo anterior, como de que Cristo está a la diestra del trono de Dios. Lo pueden saber con la misma certeza con la que saben que Cristo es sacerdote sobre ese trono. Con la misma seguridad de que él es allí "ministro del santuario y de aquel verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre". Exactamente con la misma confianza que merece toda declaración de la Palabra de Dios, ya que ésta lo establece de forma inequívoca.

Por lo tanto, en este tiempo, que todo creyente en Cristo se levante en la fortaleza de esa verdadera fe, creyendo sin reservas en el mérito de nuestro gran Sumo Sacerdote, en su santo ministerio e intercesión en favor nuestro.

En la confianza de esa verdadera fe, que todo creyente en Jesús exhale un largo suspiro de alivio, en agradecimiento a Dios por el cumplimiento de lo esperado: que la transgresión acabe en su vida, que rompa con la iniquidad por siempre; que se ponga fin a los pecados en su vida, de forma que se libere por siempre de ellos; que se haga reconciliación por la iniquidad, siendo por siempre limpiado de ella mediante la sangre del esparcimiento; y que la justicia eterna sea traída a su vida, para reinar ya por siempre, para sostenerlo, guiarlo y salvarlo en la plenitud de la redención eterna que, mediante la sangre de Cristo, se da a todo creyente en Jesús, nuestro gran Sumo Sacerdote y verdadero Intercesor.

Entonces, en la justicia, paz y poder de esa verdadera fe, que todo aquel que lo comprenda esparza por doquier las gloriosas nuevas del sacerdocio de Cristo, de la purificación del santuario, de la consumación del misterio de Dios, de la llegada del tiempo del refrigerio y de la pronta venida del Señor "para ser glorificado en sus santos, y a hacerse admirable en aquel día en todos los que creyeron", y "para presentarla para sí, una iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga, ni cosa semejante; antes que sea santa e inmaculada".

"Así que la suma acerca de lo dicho es: Tenemos tal pontífice que se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos; ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre".

"Así que hermanos, teniendo libertad para entrar en el santuario por la sangre de Jesucristo, por el camino que él nos consagró nuevo y vivo, por el velo, esto es, por su carne; y teniendo un sacerdote sobre la casa de Dios, lleguémonos con corazón verdadero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua limpia". Y "mantengamos firme la profesión de nuestra fe sin fluctuar; que fiel es el que prometió".